Re-narrativizar el mundo

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Re-narrativizar el mundo.

Desde las revoluciones modernas el hombre ha convertido la tierra que habita en un lugar desacralizado donde reina la pura técnica. La máquina secó su espíritu y rompió la comunicación con otras regiones cósmicas, desintegrando las fronteras discursivas que, a través de cosmogonías particulares, acaban por delimitar nuestro hábitat. En esta vocación material e inmanentista la humanidad entreveró su alma hasta disolverla en la mera intrascendencia.

Los antiguos solían dejar una válvula de escape hacia la trascendencia, así las pirámides eran formas de acercarse a las alturas para, entre otras cosas, abrir una ventana cósmica. Las maravillas de la arquitectura moderna no son más que torres de cemento que no trascienden, ni comunican nada. Falos de concreto que la vanidad del hombre erige a la gracia de una atmósfera desolada. 

En esta fase actual del capitalismo, signada por un neoliberalismo globalista, las dos superpotencias -China y Estados Unidos- se juegan la hegemonía en una guerra comercial y productiva. En competencia viril se esfuerzan en construir las armas más destructivas, los teléfonos más atractivos y los rascacielos más altos. Torres que rascan el lomo de un cielo habitado por satélites solitarios. Los templos de la especulación científica no alcanzan para redimir el miasma del culto de consumo y narcisismo.

Diluidos los grandes relatos, una mayoría cándida consume las mieles de la colmena mercantil. Alguno que otro, con suerte, es feliz. Unos tantos, otrora ateos, encuentran consuelo en experiencias new age y repiten mantras que no entienden hasta olvidar el ego o consultan el horóscopo con fervor religioso. Otros, sencillamente no encuentran consuelo y se deprimen y, entre ellos, algunos no soportan el peso de la propia existencia y se dejan aplastar.

Un adolescente norteamericano se suicidó arrojándose de la cima del edificio Vessel, un enjambre de escaleras de 45 metros de alto, que no conduce a ningún lado, pero permite tener una vista magnífica de la ciudad de Nueva York. Fue el cuarto suicidio en el Vessel, desde su inauguración en 2019. Ante el temor de las autoridades la estructura quedó cerrada indefinidamente. En octubre de 2024 reabrió parcialmente al público con nuevas de seguridad antisuicidio, incluyendo la instalación de mallas de acero del piso al techo en los niveles accesibles. Sin embargo, el nivel más alto permanece cerrado al público.

En EEUU, donde el liberalismo construyó la sociedad más rica y la más desigual de la historia, los adolescentes apáticos se arrojan de edificios ociosos, de escaleras que no llevan a ningún lado. En el país de la “libertad” se prohíbe el ingreso al buque de personas que llegan solas, por temor a que se suiciden.

En China, donde el PC impone un orden en el que el igualitarismo se construye en detrimento de las libertades individuales, los trabajadores jóvenes se suicidan, arrojándose desde la cima de los edificios de las corporaciones multinacionales agobiados por la superexplotación.


Las dos grandes potencias que emergen como modelos sociales, para el resto del planeta, y que construyen desde su poder político los relaciones que ordenan la realidad, representan dos sistemas de producción diferentes, pero ambos centrados en la proliferación de la técnica y el consumo propio de este capitalismo desbocado.

¿Hacia dónde va la humanidad, este hormiguero de gente que, en el trajín desesperado por salvar a sus larvas, olvidó que la sustancia humana está compuesta de materia y espíritu?

La acción del pensamiento científico instrumentalizado por el capitalismo neoliberal, que puso la técnica al servicio de las corporaciones y al hombre al servicio de la economía, desintegró las cosmogonías y corrompió la morada humana convirtiendo las ciudades en máquinas de residir donde, a su vez, viven multitudes de máquinas. Máquinas de trabajar, consumir, transmitir y recibir información. Datos e imágenes que van y vienen -sin narrativa alguna, sin sentido- no alcanzan nunca a transformarse en conocimiento real y se acumulan, ensanchando el caos que nos devora y la angustia que nos precipita al vacío.

En este punto de la historia, es posible pensar que el daño que el capitalismo le infligió a la humanidad es irreversible. No hay vuelta atrás. No se puede apagar la máquina, ni frenar el camino de autodestrucción. Pero si hay algo por hacer -aunque sea tarde y en vano- vale la pena intentarlo. 

El mitólogo rumano Mircea Eliade se preguntó si la secularización de la naturaleza, iniciada por el hombre moderno, lo despojó definitivamente de la posibilidad de reencontrar la dimensión sagrada de su existencia en el mundo, arrastrándolo progresivamente hacia la disgregación total y el caos absoluto. 

Eliade recuerda que la tribu Achilpa tenía un poste sagrado -eje cósmico, axis mundi- que sostenía su mundo y aseguraba la comunicación con el cielo. En ocasión de un rito, el poste sagrado se rompió y la tribu completa se angustió. Los Achilpa anduvieron errantes un tiempo. Hasta que, finalmente, se sentaron en el suelo y se dejaron morir. No podía vivir sin una abertura hacia lo trascendente.

Restituir cosmogonías, es una forma de reordenar el mundo y disminuir el caos. Las sociedades anteriores tejían, con el hilo de la cosmovisión, mitos y ritos -relatos- así como erigían torres sagradas, replicando la ancestral montaña cósmica. Escalera al cielo: “Al alcanzar la terraza superior, el peregrino realiza una ruptura de nivel; penetra en una región pura que trasciende el mundo profano” (Mircea Eliade). 


Tomar conciencia de la dimensión de esta crisis espiritual nos invita a revalorizar la sustancia humana. Edificar una comunidad humana basada en valores y no una sociedad donde imperan el interés, el contrato y la ley como únicos fundamentos morales. Revitalizar principios y valores comunes a través de narrativas que doten de símbolos y sentidos el ejercicio humano, para que la comunicación sea verdadera y para que el cuerpo sea el hogar de un espíritu -que vive en comunión con su entorno- y no una máquina triste y solitaria que, cansada de esperar la muerte, se lanza al vacío desde las torres más altas.

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